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Senador Jorge Pizarro, ante la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa

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Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa
Cuarta Parte de la Sesión Ordinaria 2008
(29 de septiembre – 3 de octubre)
Estrasburgo, Francia

Intervención del Senador Jorge Pizarro,
Presidente del Parlamento Latinoamericano

Ya han transcurrido más de 500 años desde el descubrimiento de América, hito que marca, según varios historiadores, el inicio de la Edad Moderna de la humanidad. Breve tiempo si consideramos la historia del ser humano en su horizonte temporal más amplio. Aún así, son 5 siglos durante los cuales los esfuerzos de los líderes, gobernantes y tomadores de decisiones en general, del mundo entero, se han dedicado (o al menos así lo han declarado), a lograr las mejores condiciones de vida posibles para la sociedad como un todo.

No vemos, sin embargo, que la situación general de la sociedad planetaria haya mejorado substancialmente. Al contrario, en ciertos aspectos ha empeorado, como en el de la inequidad o injusticia distributiva. La brecha opulencia-miseria se agranda cada vez más, al punto de que la propia Organización de las Naciones Unidas, en la edición de 1999 del Informe sobre el desarrollo humano, analizando la globalización expresa que el resultado es una polarización grotesca y peligrosa entre la gente y los países que se benefician con este sistema y los que son receptores pasivos de tales efectos.

No sería aventurado afirmar que la situación que provocó la aplicación del calificativo de “grotesca” a la distribución de renta en el mundo no sólo se mantiene sino que se ha agravado, si se toma en cuenta, entre otros fenómenos, que, ya para el año 2002, “el volumen de negocios de las más grandes sociedades transnacionales era equivalente o superior al PIB de muchos países y el de media docena de ellas es mayor que el de los cien países más pobres reunidos”.

Uno de los más graves problemas que aquejan a la humanidad, es el de la pobreza. Y de la pobreza, el hambre constituye una de sus más infames expresiones. Además de representar para el que la sufre un penoso problema cotidiano de subsistencia, genera un círculo vicioso en el cual “los grupos de población que se mantienen inferiorizados por la debilidad y el desgaste biológico no se encuentran en condiciones de luchar contra la pauperización y la miseria económica y en general contra las causas de su situación de inferioridad”. Así, el hambre, que afecta a cerca de 1.000 millones de personas en el mundo, “se constituye además en un factor que puede estimular en cierta medida algunas de las denominadas patologías sociales (robo, prostitución y otras), pues éstas constituyen alternativas, incuestionablemente válidas desde el punto de vista del actor social afectado, para obtener recursos que le permitan superar su propia y angustiante situación de indigencia y la de su familia.”

(De hecho, no puede atribuirse a la pobreza y el hambre la responsabilidad de todas las patologías sociales, inculpación que sólo contribuye a elevar aún más el nivel de estigmatización al que están sometidas esas poblaciones. Al fin y al cabo, “las manifestaciones más violentas y de mayor alcance de dichas patologías, provienen de fenómenos no relacionados directamente con la exclusión social –o con los “excluidos”–, como en los casos del crimen organizado y de la corrupción en la mayoría de sus manifestaciones”).

Si consideramos, frente a los absurdos datos de concentración y distribución de renta en el nivel mundial ya mencionados: que en el planeta, hay alimentos suficientes para todos; que es posible hoy prevenir deficiencias de vitaminas y minerales por menos de un dólar por persona al año; que cuesta entre 12 y 15 dólares la inmunización total de un niño en países de baja renta y apenas se necesitan 9 dólares más para la prevención y el tratamiento de la deshidratación; que en América Latina la alimentación de preescolares y escolares puede implementarse a un costo anual de 75 dólares por niño (si el programa se focaliza en el 10 por ciento de la población, significa un costo del 1 por ciento del pib para aquellos países con 700 dólares de ingreso per cápita; si el ingreso per cápita es de 1.500 dólares, el costo será un 0,5% del PIB, y así sucesivamente), resulta que la ominosa situación de inequidad, exclusión y hambre en el mundo, no sólo no tiene justificativos reales, por ejemplo la escasez de recursos o el crecimiento poblacional, sino que constituye un fenómeno esencial y altamente inmoral.

La situación es peor aún si consideramos otros graves problemas que aquejan a la humanidad, como la violencia y los atropellos a los derechos humanos, el crimen organizado y la corrupción en general, las agresiones a la naturaleza, y el grave déficit educacional –cuantitativo y cualitativo– en la mayoría de la población mundial.

Me he concentrado en uno de los fenómenos más delicados, el de la pobreza y el hambre, especialmente por sus dimensiones humanas, para señalar que resulta insólito que, como expresaba al comienzo de esta intervención, en siglos de supuestos esfuerzos por superarlo, y disponiendo de todos los recursos materiales, financieros, científicos y tecnológicos para conseguirlo, no se haya podido concretar la aspiración, perfectamente viable, de una humanidad por lo menos sin necesidades básicas insatisfechas.

En importantes reuniones como esta de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, o en las que tenemos en el PARLATINO o en EUROLAT, o prácticamente en todas las que se realizan en los más diversos ámbitos −legislativo y ejecutivo, no gubernamental, etc.− algunos de los temas centrales están constituidos por el análisis de los fenómenos mencionados y la discusión de los mejores caminos de acción para superarlos.

Tengo la impresión de que esos dos elementos, el análisis y la determinación de las acciones correspondientes, después de decenas de años de discusiones, en relación con algunos fenómenos ya están superados y en ciertos casos, saturados. En otras palabras, sabemos lo que sucede y lo que debemos hacer y, más aún, existen los recursos necesarios para aplicar esas soluciones que, además, no envuelven grandes complejidades científicas ni tecnológicas.

Surgen entonces las preguntas obvias: ¿qué pasa? ¿Por qué no hemos sido capaces de dar, de una vez por todas, respuestas válidas y efectivas por lo menos al grave problema de la pobreza y el hambre? ¿En las reuniones de líderes, políticos y tomadores de decisiones, es necesario continuar con los análisis teóricos del problema, o se impone la determinación de pasar de inmediato, en forma planificada y coordinada, a la acción? ¿Qué papel les cabe a los Parlamentos y organismos interparlamentarios en la tarea de dar respuestas, prácticas, reales y concretas, a estos interrogantes?

No tengo la pretensión de poder dar o proponer esas respuestas; pero sí tengo la intención de sugerir que en lo sucesivo, espacios lo suficientemente amplios de nuestras reuniones y eventos, deberían estar dedicados a que nos concentremos en la aplicación de las soluciones, en el acompañamiento y evaluación continua de ese trabajo, en la toma de decisiones para corregir las desviaciones y errores, superar los obstáculos que se presenten y avanzar cada vez con mayor eficacia y eficiencia hacia los objetivo propuestos. Ello sin abandonar, desde luego, el necesario y provechoso análisis de los fenómenos, procurando que este análisis esté orientado hacia la acción.

Cabe recordar que en este momento una de las referencias más importantes sobre el camino que debe seguir la humanidad en pos de su desarrollo, está dada por los Objetivos del Milenio, de Naciones Unidas. Si bien, por una parte, se reconoce de forma generalizada que no estamos caminando hacia el cumplimiento de dichos objetivos y sus metas, por otra y tal como lo expresan el señor Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas, y Sha Zukang, Secretario General Adjunto para Asuntos Económicos y Sociales, en la presentación del Informe 2008 sobre los Objetivos del Milenio, “cuando miramos hacia el año 2015 y más adelante, no hay duda de que podemos alcanzar el objetivo general: podemos poner fin a la pobreza. En casi todas las instancias, la experiencia ha demostrado la validez que tienen los acuerdos anteriores sobre el camino a seguir; en otras palabras, sabemos qué hacer.

Pero esto requiere un esfuerzo inquebrantable, colectivo y de largo plazo. Se ha perdido tiempo. Hemos desperdiciado oportunidades y afrontamos desafíos adicionales, que hacen más difícil la tarea que tenemos por delante. Ahora es nuestra responsabilidad recuperar el terreno que hemos perdido y encaminar a todos los países, conjunta y firmemente, hacia un mundo más próspero, sostenible y equitativo... La tarea es extensa y compleja, pero el progreso alcanzado a la fecha demuestra que es factible lograr buenos resultados con estrategias razonables y voluntad política. Esto, sin embargo, debe venir acompañado de un mayor compromiso financiero. Pese a que las condiciones económicas sean menos favorables, los países desarrollados deben cumplir con sus compromisos de aumentar considerablemente la asistencia oficial para el desarrollo y promover un entorno internacional conducente al desarrollo.”

Deseo subrayar que dicho informe hace alusión reiteradamente a la necesidad de una verdadera voluntad política para lograr lo que los Objetivos del Milenio se proponen. A estas alturas la sociedad –nuestros electores– tiene perfectamente claro que la voluntad política no es algo que se declara o se ofrece, como se viene haciendo por décadas y décadas, sino que se manifiesta en acciones concretas. Lo contrario ha venido desprestigiando cada vez más a la clase política y conspira contra la posibilidad histórica que tenemos de cumplir con la enorme responsabilidad que el pueblo ha encargado a los parlamentarios con su voto.

En cuanto a la necesidad de “promover un entorno internacional conducente al desarrollo”, es una responsabilidad que Naciones Unidas atribuye básicamente a los “países desarrollados”. Desde luego que América Latina tiene también un importante rol en este empeño. Esa acción coordinada birregional es la que estamos tratando de implementar desde la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (EUROLAT), en la cual sabemos que contamos con el inestimable apoyo de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. Confiamos que este apoyo continúe, se consolide y crezca.

La pobreza en nuestros países es la causa principal de la migración de nuestros conciudadanos a otros países y continentes; especialmente a Europa y Estados Unidos. La resolución de la Comunidad Europea y del Parlamento Europeo sobre el tema migratorio ha generado un rechazo unánime en América Latina.

Nos parecen medidas muy duras que criminalizan la migración y colocan en situación de vulnerabilidad a millones de personas que se encuentran como migrantes ilegales en distintos países de Europa. Hemos pedido a los Estados europeos que revisen las normas que permiten la retención de los migrantes con orden de expulsión y el respeto a los Derechos elementales de las familias y de los menores de edad.

Creemos que se debe dar un trato preferente a los migrantes latinoamericanos, ya que con Europa tenemos acuerdos de Diálogo Político y Cooperación permanentes establecidos luego de un proceso de integración bi-regional que nos ha tomado décadas de trabajo conjunto.

Queremos crear una conciencia política de los efectos negativos que tiene para nuestros pueblos la Directiva del Retorno aprobada por el Parlamento Europeo.

Ustedes son representantes del pueblo europeo en cada uno de sus países y congresos; y esperamos que respalden los cambios que se deben hacer a esa Directiva del retorno para garantizar plenamente los Derechos Humanos de nuestros compatriotas latinoamericanos que viven en situación de ilegalidad en Europa.

Antes de concluir esta intervención, deseo expresar que en el Parlamento Latinoamericano admiramos profundamente el trabajo que, desde hace prácticamente 60 años, viene realizando esta magna Asamblea, “decana de las asambleas de Europa”; labor que tiene una gran trascendencia por su contenido; por el alcance, repercusión y peso de sus decisiones y actos; y por su enorme representatividad que abarca a más de 45 países del continente.

Su estructura y composición determinan la gran afinidad que tiene con ella el Parlamento Latinoamericano, el cual representa a los Congresos o Asambleas Legislativas de todos los países de la región, en total 22. Debo reconocer que quizá no tuvimos la presteza necesaria para establecer este nexo. En ese sentido, manifiesto mi profundo reconocimiento al Presidente de la Asamblea, señor Lluís Maria De Puig por su concurrencia a la Conferencia Interparlamentaria: “Perspectiva Parlamentaria del Derecho Internacional Humanitario” y a la reunión de la Junta Directiva del Parlamento Latinoamericano, eventos que se llevaron a cabo en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, los días 5 y 6 de junio de este año. En esa oportunidad quedó clara la coincidencia de los objetivos y de las agendas de nuestras instituciones. Mis más sinceros agradecimientos también a la Senadora Sonia Escudero, Secretaria General del PARLATINO, por su feliz iniciativa de promover esa invitación.

Para fortalecer este vínculo y poder establecer las estrategias de una colaboración más estrecha, me permito proponer la suscripción de un convenio interinstitucional, cuyo borrador, si ustedes están de acuerdo, lo podemos hacer llegar a esta Asamblea a la mayor brevedad posible y a través de los canales pertinentes.

Agradezco mucho la honrosa invitación que se me ha hecho para intervenir en esta importantísima reunión y concluyo con un llamado enfático para que pongamos todo nuestro esfuerzo, potenciado con los recursos institucionales que poseen las organizaciones a las que pertenecemos, en llevar de una vez por todas a la práctica las excelentes ideas que surgen de estos encuentros y en otras instancias, para lograr un mundo sin pobreza, sin violencia, sin ignorancia, respetuoso de la naturaleza, con equidad social y en democracia plena.

Muchas Gracias,


Senador Jorge Pizarro
PRESIDENTE DEL PARLATINO
CO-PRESIDENTE DE EUROLAT

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Nota: Las citas que constan en el texto, en cursivas o entre comillas, han sido tomadas de las siguientes fuentes:
 - Informe sobre Desarrollo Humano 1999, Madrid, Mundi-Prensa Libros, 1999, citado en:
http://www.accessmylibrary.com/coms2/summary_0286-31927529_ITM. Existen abundantes referencias en Internet. Ver también:
http://cronicaserasigloxxidesarrollosocial.blogspot.com/2007/03/acerca-del-informe-de-las-naciones.html
- Naciones Unidas. Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Consejo Económico y Social; Comisión de Derechos Humanos; Subcomisión de Promoción y Protección de los Derechos Humanos. 54º período de sesiones. Tema 4 del programa provisional. 19 de julio de 2002. (Cfr.) Versión de Internet:
http://193.194.138.190/Huridocda/Huridoca.nsf/0/eacb2b1fc26444dac1256c05004c6d75/$FILE/G0214335.doc
- Parlamento Latinoamericano. El hambre como manifestación de la pobreza. São Paulo, Brasil, febrero de 1995.
- Hacia una nueva ética del desarrollo. En:
www.planificacion.org
 - Intervenciones del Dr. Jacques Diouf, Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en el marco de los actos conmemorativos del cincuentenario de la FAO (Quebec, Canadá, octubre de 1995) y en otros eventos (página de la FAO en Internet y otras fuentes).
- FAO. Cumbre Mundial sobre la Alimentación (13 - 17 de noviembre de 1996, Roma, Italia). Cuestiones Relacionadas con la Alimentación a Nivel Mundial: Problemas de Seguridad y Ética. Documentos Técnicos de Referencia. Roma, Italia. Enero de 1996.
- Naciones Unidas. Objetivos de desarrollo del Milenio - informe 2008.
http://www.un.org/spanish/millenniumgoals/pdf/MDG_Report_2008_SPANISH.pdf
 - Los datos sobre los costos de alimentación e inmunización en la población de baja renta corresponden a estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la FAO, la Comisión Latinoamericana y del Caribe sobre el Desarrollo Social, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la mayoría de ellos tomados de Internet.

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